Marzo 18, 2010
Gran Torino no es una persona detallista, eso está claro. Alguien que se olvida de tu cumpleaños justo el día después de volver de un viaje juntos no es que esté muy atento a las cosas… sobre todo si te has pasado los 10 días recibiendo llamadas internacionales que te preguntan los detalles de la celebración.
No, detallista no es.
Si decide ir a ver un espectáculo, nunca se le ocurre que tú puedas querer ir… se busca la vida y punto.
Cuando planifica el fin de semana tampoco piensa demasiado en que los demás podamos tener nuestras cosas… él a su aire.
Tampoco es de hacer regalos, ni de llamarte sólo para ver cómo estás.
Un día me dice:
- ¡Oye! He comprado unos ravioli rellenos de chocolate que tienen una pinta exquisita. De hecho, creo que los voy a preparar ahora mismo, que ya es hora de comer y tengo hambre.
(Nota aclaratoria: Gran Torino siempre tiene hambre)
- ¡Qué apetecible!
- Sí, la verdad es que sí- añade- ¿Tú los has probado?
- No – confieso esperanzada
- Bueno… ¡Pues ya te contaré cómo están!
Así. Lo juro
Bueno, pues como para toda norma siempre ha de haber una excepción, he de reconocer que Gran Torino tiene UN detalle. Sólo uno, pero me encanta.
Gran Torino hace zumo natural por las mañanas.
Se levanta, exprime las naranjas y me lo trae en unos vasos enormes en los que podría nadar unos largos. Hasta ahí, todo bien.
Yo más felíz que un cuco porque me gusta el zumo, y porque ha tenido un detalle.
El problema es que la criatura es maniática:
- Bébetelo ahora – me dice cuando me entrega el “caldero”
- Gracias – le sonrío encantada enseñándole todos mis dientecillos y le doy un sorbo.
- Todo -insiste – es que si no se pierden las vitaminas.
- Ya… pero es que me iba a duchar. De hecho, si te fijas, estoy en el cuarto de baño con un vaso de zumo ¿no se te hace raro?
- Pues te lo bebes de un tirón – Errequeerrre
- ¡¡Pero si es enorme!! – replico- además, a mi me gusta bebérmelo con calma, si no parece como si tomara una medicina.
- Es que si no te lo bebes ahora, se oxida y pierde las vitaminas – ¡Dale con las vitaminas!
Yo también soy terca como una mula y me niego a beberme medio litro de zumo (por muy natural, recién exprimido y supervitaminado que sea) de un tirón mientras él me contempla como un padre orgulloso… así que Gran Torino ha encontrado la fórmula para salirse él también con la suya: No me prepara el zumo hasta que me he duchado y estoy sentadita y dispuesta a disfrutar de El Detalle con todas sus vitaminas.
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Marzo 1, 2010
Estar enferma es una calamidad. Además de que te encuentras horrible, tu vida se vuelve una serie de catastróficas desdichas.
Lo que más odio es ir al médico y lo evito como la peste. Reconozco, sin sonrojarme ni un poquito, que me automedico a dolor. Carmina Ordóñez estaría orgullosa de mis talentos.
La cuestión es que a veces no me queda más remedio que ir, así que me he buscado un doctor honoris causa en paciencia para esos casos límite.
Cada vez que voy, tengo que asumir que me va a llevar un buen rato… y no porque me haga esperar, que me pasa de primera. El problema es que habla muchísimo, tanto como Protocolo, si es que eso es posible. Yo creo que debería de haberse hecho predicador, en vez de médico… pero ahora ya no hay remedio.
El otro día tuve que ir a hacerle una visita. Me encontraba bastante pachucha, con un bajón de glamour terrible y una fiebre considerable.
Me senté en el confidente como pude, y lo miré con cara de perrito pachón. Él estaba contento de verme por allí, a pesar de lo lamentable de mi estado. Los médicos son una raza cruel.
Después de los oportunos saludos, recuerdos a mi familia y otras preguntas que le habría podido responder por e-mail perfectamente me dice:
- Bueno ¿qué te pasa?
- Me encuentro mal ¿no me ves?- respondí blandiendo un puñado de kleenex usados que llevaba en el bolsillo.
Él, que vive en un estado beatífico, salvo cuando le sacan el tema de la Seguridad Social (que se transforma en plan Jekyll & Hyde), encuentra muy graciosa mi intolerancia a la enfermedad.
- ¿Tienes fiebre?
- Si
- ¿Cuánta fiebre?
- 39 casi
- ¿Y mocos?
Saco otra vez los pañuelos del bolsillo y se los agito por toda respuesta
- Vale, vale… ¿de qué color?
¡Uyy! ¡ya empezamos con las preguntas indiscretas!
- Rosa
- En serio, es importante ¿de qué color?
Aquí comencé a impacientarme.
- Pues un suave amarillo canario con vetas en tonos melón.
- Bien ¿y expectoraciones?
- ¡Uuuuuyyy!
- Tengo que hacerte estas preguntas, ya lo sabes
- ¿Y por qué la hija de Belén Esteban tiene derecho a la intimidad y yo no?
- Seguro que ella también tiene que responder a las preguntas que le hace su médico
- Seguro que no, que le ponen un borrón delante para que no se la reconozca ¿no podríais hacer eso aquí?
- No, necesito verte la cara, ya lo hemos hablado
- Pues me pongo detrás del biombo ése, enchufamos una lámpara y te respondo a las preguntas en contraluz, como los clientes misteriosos de las pelis de detectives.
- Noooo
- ¿Y no puedes enchufarme a una máquina que te diga lo que tengo? con los coches lo hacen. Avanza más la ingeniería del automóvil que la medicina. Esto es una injusticia social.
Mi médico me conoce. Son muchos años peleando. Entornó los ojos de forma amenazadora y se inclinó hacia adelante.
- Puedo pedirte una endoscopia, si lo prefieres
- ¡Ni hablar! Eso de ninguna manera. Además, mi estómago está perfectamente.
- Pues responde a mis preguntas.
Y no me quedó otra. Lo dicho. Los médicos son raza cruel y cotilla.
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Febrero 23, 2010
A mi me gustaría encontrarle un novio a Protocolo. Si mi madre pudiera leer esto seguro que me daba con un palo en la cabeza hasta que decidiese buscarme uno para mi misma, pero a mi eso de los novios no se me da bien. De verdad que no me sale.
Soy una buena amiga, se hacer punto de festón, puedo poner los párpados del revés y a veces hago tiramisú… pero lo de ser novia de alguien no se cuenta entre mis talentos. Es como lo de conducir: lo hago si no me queda más remedio y de bastante mala gana.
Una vez tuve uno que me duró bastante. Demasiado, pienso yo, porque en vez de ser como esos chicles que de tanto masticarlos no recuerdas ni de qué eran… El mío al final sabía raro.
Decidí centrarme en los caramelos y escupirlos rapidito.
Me acuerdo que una vez, cuando era pequeña y feliz, mi madre me compró un montón de gominolas para una excursión. Me encantaban unos corazones de fresa y melocotón y comí muchos, quizás demasiados.
Yo no tengo nada en contra del transporte público, pero yo en el autobús me mareo como un mono en una lavadora. Me pone el glamour bajo y se me va la vida. Lo peor es que ya de pequeña era igual de repelente e individualista. Es de nacimiento.
Total, que el atracón de corazones de gominola acabó sobre la moqueta del vehículo infernal. Es cierto que en general desapruebo las moquetas, y más si son de motivos florales como era el caso, pero juro que no lo hice a propósito.
La histeria infantil alcanzó cotas de delirio. La profesora me bajó del autobús y me hizo pasear para que me “diera el aire”, pero yo tiritaba como un mono del Amazonas al que le arrancan el pellejo y lo obligan a subir al Himalaya.
No guardo muy gratos recuerdos de aquella excursión, vaya, y lo peor de todo es que nunca más pude comer las gominolas de corazón, ni acercarme a nada que oliese parecido, ni comer yogur de melocotón o refrescos supuestamente tropicales…
Creo que con los novios me pasa igual. Con un empacho he tenido suficiente.
Protocolo, en cambio, tiene madera de novia. A mi me lo parece, y cuando me sobreviene una idea es necesario un comando de operaciones especiales para desalojarla de mi cerebro.
El sábado teníamos un plan. Esto es un secreto y si Protocolo se entera me fulminará con su mirada de loca peligrosa, que ya la he visto el propio sábado y da miedito.
Tito tiene un amigo que a mi me cae bien (requisito imprescindible para enmarañar a alguien con una amiga mía), me parece muy buena persona, y creo que pegan bastante. Además, ya hace meses que lo dejó con su novia eterna, y Tito y yo pensamos que ya está preparado para embarcarse en otra aventura.
Intentar este collage inmediatamente después de la ruptura habría sido un error, pero Tito y yo somos tozudos pero pacientes.
El plan era tan simple como aparentemente eficaz: Tito queda con el Kinder, nos los encontramos en el Garoa y surge el amor. Así de sencillo.
A mi, al menos, si me intentan convencer de las bondades de alguien se me disparan las alarmas de inmediato, así que me ahorré eso de “Tito tiene un amigo que es perfecto para ti” y sólo me puse más pesada que una vaca en brazos para que Protocolo se pusiese un vestido, en vez de los vaqueros con jersey que tenía en mente para combatir el frío. El confort y la seducción son como el bien y el mal: dos fuerzas opuestas que nunca podrán reunirse.
La cosa marchaba según lo previsto: Tito y yo nos pasamos la noche presuntamente enfrascados en una interesantísima conversación privada que obligaba a nuestras víctimas a relacionarse entre ellos. Cerramos un bar y después otro… y tras la última discoteca Tito me confirmó que el Kinder estaba predispuesto a entrar a matar, así que fuimos todos a desayunar para darles más margen. Yo ya me veía teniendo que fumar un puro para poder decir aquello de “me encanta que los planes salgan bien”.
El local estaba a tope de macarras comiendo pizzas, niñatos beodos y chonis con ese deplorable aspecto de pintaputa que te da el rimmel corrido. Conté 4 tangas fucsia, 5 de encaje negro, 3 de motivos infantiles y hasta una de leopardo. A este paso creo que podría escribir una tesis sobre las rajas del culo en la post-adolescencia. Conseguimos hacernos con una mesa y pedimos nuestros menús preventivos de resaca. El camarero obviamente no había estudiado alta hostelería en Lausanne, pero nos arrojó la comida sobre la mesa con bastante rapidez. La conversación fluía, y a las 7h de la mañana hace bastante hambre, así que todo se estaba desarrollando según lo previsto. De pronto, el tímido Kinder se lanza:
- Yo vivo muy cerca de aquí, así que podríamos ir a dormir a mi casa.
Yo miré preocupada a Protocolo, que pensé que se me ahogaba con la hamburguesa.
- ¿Qué me dices? – le insistía él
La pobre Protocolo masticaba a la velocidad de la luz, entre atragantada y confusa.
Nos miraba y masticaba, que ella está bien educada y lo de no hablar con la boca llena era más fuerte que la presión por salir del atolladero.
Protocolo, al fin, tragó el bocado:
- Yo también vivo muy cerca – contestó para eludir la cuestión.
Tito y yo miramos al Kinder:
-Te estoy ofreciendo sexo- apuntilló él- aunque si quieres también tengo más camas, podéis venir todos.
Tito y yo miramos a Protocolo:
- No, gracias
- Yo es que ya vengo follada de casa – añadí yo para suavizar la tensión del ambiente.
Tito se moría de risa y parecía que la cosa había acabado ahí cuando:
- Reitero mi ofrecimiento de sexo
- No
- ¿Por qué no?
- Porque no
- Pues sólo dormir
- Noooo
Los ojos azules de Protocolo iban volviéndose más intensos cada vez que él insistía. Yo la miraba y juraría que ya estaban fosforitos. Tito intervino:
- Bueno… él no ha estado muy acertado…
- Más bien torpe- añadí yo
- …Pero lo que quiere decir… – siguió Tito
- Es que estoy enamorado- intervino Kinder.
Todos le miramos
-¿Qué? – contestó él a nuestras miradas de “cállate, cállate”- ¿no ibais a decir que me había equivocado en las formas? Pues es verdad, es que hace 8 años que no le entro a una tía y he perdido la práctica. Estoy completamente fascinado y quiero hacer el amor contigo -añadió mirándola.
No hay ni que decir que la cosa no acabó como habíamos planeado, y que por primera vez en mi vida logré ver a Protocolo enfurecida y siendo bastante borde, la verdad.
A mi me da bastante pena, porque, aunque Kinder haya metido la pata, en realidad yo creo que es todo un error de forma, pero no de concepto. Espero que la Administración Protocolo le de una prórroga para subsanarlo.
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Febrero 19, 2010
Discutir con Gran Torino es una tarea vana. Si discutir en sí mismo ya es agotador… hacerlo con él es como correr un maratón con tacones… una tontería muy cansada y dolorosa.
Tengo con Gran Torino una no-relación llena de misterios. Es complicado porque cuando uno no tiene una relación ¿puede dejarla?
A mi nunca me gustaron las matemáticas, porque cuando yo nací ya había calculadoras…y todo lo demás que intentaron enseñarme me parece como lo del maratón y los tacones.
El Viejo Pachanga es un ser humano muy de ciencias que opina seriamente que los de letras somos cortos. Muy cortos. Casi borderline. Como él no quería ser padre de una discapacitada sin diagnosticar, y el aborto hasta los 18 años del feto todavía no está en consideración, me puso como condición para hacer letras que estudiase matemáticas hasta COU, uséase, el fin de los siglos.
Lo hice, no porque sea una hija obediente, sino porque no me quedaba más remedio, que es una buena razón para que yo haga las cosas.
La verdad es que no atendía mucho en clase… pero si algo recuerdo de todo lo que nos decía el señor de las gafas con la ensaimada en la cabeza, es que dos signos negativos se convierten en positivo.
Es decir, que si NO sales con alguien… y un buen día decides que No quieres seguir la (No) relación… ¿qué significa eso?… ¿que empiezas a salir? ¿que no-no sales más?…¿que entras?
Yo no lo sé… y es muy difícil intentar descifrar esos increíbles misterios de la humanidad mientras Gran Torino está comiendo conguitos a tu lado en la cama.
Hay que reconocer que me encuentro en esos terribles días del SPM en los que hasta la cosa más nimia se convierte en una tragedia épica… pero eso es un secreto… y cuando una llora con tanto desconsuelo está incapacitada para discernir si tiene un motivo objetivo o está en uno de esos crudos días de tanta injusticia social.
Pero si es complicado discutir con alguien que está “crunchi, crunchi… ¡pues qué buenos están estos conguitos! ¿quieres unos pocos?”… bastante peor es concluir la disputa al día siguiente.
Al día siguiente te levantas con los ojos como huevos duros, y mientras te das una ducha piensas en todas las cosas que has dicho la noche anterior… y te das cuenta de que tampoco era para tanto.
Yo es que no tengo alma de culebrón, así que no me apetece nada seguir la pelea. Lo que me apetece es ir a despertarlo y decirle:
- Oye, que lo de ayer ya se me pasó ¡hala! ¡que tengas un buen día.
E irme al algodonal ya más contenta y relajada.
El problema es que ya voy conociendo un poco al Gran Torino… y si le digo eso empezará una terrible discusión con posibilidades de acabar en guerra mundial (y puede que interplanetaria).
Si le digo eso, en vez de alegrarse de que me encuentre mejor y apiadarse por las dificultades que entraña ser mujer cuando los ovarios se amotinan en tu interior y toman el control de tu cerebro, arqueará las cejas de un modo que da mucho miedo porque anuncia la inminencia de la tormenta perfecta.
Si le digo eso, abrirá las aletas de la nariz como si fuesen las orejas de un elefante, me dirá que lo quiero volver loco y se enfadará por haberlo tenido hasta las cuatro de la madrugada discutiendo y haber montado una tragedia griega en tres actos, con mocos en los intermedios.
Así que, como no quiero ver el interior del cerebro de Gran Torino a través de los agujeros de su nariz, me marcho a trabajar muy compungida y paso el día dándole tantas vueltas a la cabeza que podría licuar una caja de naranjas.
No es bueno que yo piense muchos pensamientos en estos días de SPM, porque me ofusco y empecino.
Lo único bueno que tiene que Gran Torino sea tan irritantemente desconsiderado como para comerse una bolsa de conguitos mientras una le abre su alma como un melón, llorando a moco tendido, es que así no atiende mucho y después no suele acordarse de las cosas que le dije… así que no vendrá cuatro años después con eso tan desquiciante de: “pues tú aquel día dijiste”.
… Así que hemos vuelto a quedar para hablar sobre si dejar esta (no) relación… o no.
Creo que compraré un montón de conguitos para que esté entretenido.
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Febrero 18, 2010
Iznogud ha tomado nota.
Esta mañana, cuando iba al algodonal sumergida en el Transformer (esto es literal, porque yo no sé mover muy bien los asientos y voy ahí abajo, sentada casi a ras de suelo y levantando mucho la nariz como una foca para poder ver algo de lo que sucede en mi entorno), no me impidió la circulación el pobre y meritorio Jefe Wiggum con sus asombrosas carnes ondulantes… sino ¡12 policías!
Lo juro, que los he contado con los dedos de estas dos manitas y dos de los pies…
Vamos mejorando. Ahora con los polis en plan pandillero paseándose por la carretera es mucho más entretenido. Llego igual tarde a trabajar, pero al menos la cosa es más variopinta.
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Febrero 11, 2010
Dior te guarde, Alexander
lleno estabas de talento,
que Versace sea contigo.
Bendito tú fuiste entre todos los de Saint Martin
y bendito el fruto de tu creatividad, Mc Queen.
Gabrielle Chanel, madre del estilo y de la ruptura con lo establecido
ruega por nosotras,
las compradoras,
ahora y en la hora del cocktail,
Amén
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Febrero 10, 2010
Tengo un alcalde que es un auténtico imbécil y eso no tiene mucho remedio. Como dice el padre de Mafalda: hay manicomios, pero los tonticomios harían mucha más falta.
Al principio me caía bien, porque es sonriente y se parece bastante a León, el hermano de Olvido, pero no me ha quedado más remedio que ponerlo en mi lista negra junto a mi profesor de matemáticas de primero de BUP, que es un villano de los de raza.
Sin embargo, hoy me he reído tanto gracias a uno de sus desastres habituales que aún tengo agujetas en la barriga, así que cuando me lo encuentre quemándose en el infierno ayudaré a los superdemonios a darle la vuelta en el pincho, para que se tueste bien por todos los lados.
Cuando yo era pequeña en la guardería nos daban unos libros muy chulos que se llamaban Colasín en los que aprendíamos a pegar gomets, a diferenciar el árbol grande del pequeño, a recortar con punzón (bueno, esto último le servía a algunos para iniciar su carrera delictiva clavándolo en la mano del compi de pupitre)… vamos, cosas útiles para la vida de una persona humana de 4 años.
Los colasines también traían unas fichas en las que había un pollito que tenía que ir a su casita, y la cosa consistía en dibujarle con los plastidecores un caminillo para llegar. Yo hice muchos de esos, sacaba la lengua para concentrarme mejor y les dibujaba unos caminos por los que hoy podría cobrarles peaje.
Iznogud no hizo ningún tipo de estudios. No le hacía falta porque él no quería trabajar ni nada, sólo ser alcalde. Por lo que se ve, tampoco fue a mi guarde, porque no se aprendió bien eso de que los pollitos necesitan poder volver a casa.
Él hace carreteras estrechas (hasta el punto de tener que reformarlas recién acabadas porque el día de la inauguración los autobuses se cargaban el recién estrenado mobiliario por falta de espacio para girar), y corta todas las calles que puede, porque él va en coche oficial y con eso puede llegar a todas partes, que para eso es califa.
Como tengo que comprar zapatos, he cogido la costumbre de ir a trabajar a diario. Debemos de ser muchos a los que nos gustan las Pretty Ballerinas porque, curiosamente, a algunas horas coincidimos un montón de esclavitos camino del algodonal. Justo a una de esas horas dos camiones de los gordos deciden entrar en la ciudad llevando dos columnas más grandes que las piernas de Jabba the Hut.
Como sólo hay un carril, al gusto de Iznogud, y los camiones están entraditos en toneladas, tienen que cortar la carretera para que no nos aplasten como a miserables caracoles, así que allí estaba un señor policía que al parecer se había alimentado de lo mismo que los camiones.
El hombre estaba estresado: entre los esclavitos que llegábamos tarde al algodonal y le pitábamos un poco, los camiones obesos que no cabían por ningún lado, y que el pantalón aquel debía de estar cortándole la circulación sanguínea… yo le miraba y para mi que el pelo se le iba encrespando y cada vez se parecía más a la Duquesa de Alba.
El pobre Jefe Wiggum había dejado el coche encima de la acera, porque Iznogud no quiere que le estropeemos la imagen de ASV con los coches, así que ha eliminado todas las plazas de aparcamiento.
Wiggum sudaba mientras con una mano le indicaba al camión que avanzase y con la otra intentaba levantarse el pantalón. Hizo bien, porque yo llevaba tanto rato viendo aquella hendidura que estuve tentada de meterle unas monedas para ver si así me dejaba pasar.
El camión llegó a la altura del coche del Jefe Wiggum, y como la carretera es más estrecha que la ropa de la Obregón, no había modo de que pasase… así que el pobre policía se echó a correr sudando a chorros para mover el dichoso coche.
En esto, de entre los pliegues de grasa bamboleantes veo caer una cosa negra.
Yo en general soy educada y amable… además me estaba aburriendo terriblemente, así que salí del transformer para darle a Wiggum lo que se le había caído del bolsillo.
-¡Oiga! ¡disculpe!- le grito mientras corro por la carretera tiqui-tiqui-tiqui… (soy increíblemente veloz con los tacones)… – ¡Se le ha caído una cosa!
Wiggum se gira justo cuando estoy ya en medio de la carretera a punto de agacharme para recoger lo que se le había caído.
Como a cámara lenta lo oigo:
- ¡Noooooo!
Pero yo ya estaba doblando las rodillas y alargando la mano…
- ¡No toques esooooo!
De pronto, me fijo ¡¡una pistola!!
La cosa aquella era una pistola genial para coger a los malos. Además negra, que va con todo.
Sólo iba a cogerla un momentito para devolvérsela, lo juro, pero la imagen de Wiggum galopando hacia mí como un elefante asustado me paralizó. Más que nada por miedo a que me aplastara en su alocada carrera.
Wiggum se paró en seco, y al intentar adelantárseme para coger la pistola se cayó de bruces sobre las rodillas.
Yo no sé qué extraño mecanismo entra en funcionamiento en estos casos, pero, aunque me dio mucha pena postrado delante de mi, todo descamisado y, a buen seguro con las rodillas hechas trizas… yo me eché a reír. Me eché a reír y no podía parar.
Wiggum me miraba con tal mezcla de odio y vergüenza que creí que me iba a llevar detenida, pero sólo se levantó y guardó el arma que había provocado todo aquel jaleo.
- Regrese al vehículo, señorita – me dijo resentido mientras se limpiaba el uniforme y se frotaba las doloridas manos.
En la carrera había perdido la gorra de plato esa tan genial, que estaba tirada en medio de la carretera. Pensé en ir a recogérsela, pero me pareció que el pobre podría psicopatizarse más:
- Se le ha caído la gorra allí- le señalé.
Wiggum me miró mal. Muy mal. Yo lo decía por ayudar, pero lo cierto es que no podía dejar de reírme y quizás me haya malinterpretado.
- ¡Vuelva al coche! – me gritó poniéndose colorado.
- Voy, voy – me di la vuelta para regresar al transformer intententado contener las carcajadas… pero no podía. Ni yo ni los de los coches que estaban en aquel atasco fenomenal.
Pobre Jefe Wiggum. Si supiese cómo se llama le mandaría a la comisaría chocolate para que se le pase pronto el disgustillo.
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Febrero 8, 2010
Vivir sola por lo general es guay. Es más, cuando me haga vieja y tenga que irme a un asilo voy a acabar arreándole con el bastón a los otros ancianos porque no me gusta compartir mis cosas con nadie.
Lo único es que, a veces, tratar de apañártelas por ti misma en este mundo hostil es complicado. Soy como un equilibrista chino tratando de que todos los platillos giren a la vez y no se caigan.
Este mediodía salí tarde de trabajar. Lamentándome por no tener una aeronave (o un URO para arrollar a los vehículos que entorpecían mi circulación), como la vieja de la fabada (que hay prisa, que hay prisa) atravesé la ciudad con el transformer.
Hice la comida rapidito, dejé todo en su sitio y, cuando estaba a punto de coger la puerta para hacer el camino de vuelta me acordé de las azaleas que sobreviven por sus medios en mi balcón.
Fui a echarles un vistazo y tuve que proceder al levantamiento de los cadáveres porque en aquellas macetas sólo quedaban unos palitos escuálidos que otrora fueron hermosas plantas (bueno, sólo la semana posterior a que me las regalaron, después empezaron a verse desmejoradas).
A la que sí puedo apuntar con Bear Grylls a vivir aventuras en el África subsahariana es a la hortensia del Difunto, que contra todo pronóstico se agarra a la vida como yo a la hidratante.
Decidí que ya había habido demasiadas muertes para un espacio tan reducido y, como no se preveen lluvias, me dispuse a regarla.
Iba apurada, así que para ahorrar tiempo levanté la enorme de maceta que compré para consolarme por el disgusto con el Difunto.
Puuuf. Mejor arrastrar
Crich, crich (mierda, ¡cómo pesa la muy…) crich, crich (cagoeneldifunto, no me da más que problemas él y su gffps..s planta…)
Llegué con ella hasta el baño, que es la cosa con agua que más cerca queda de mi habitación.
Ponerla debajo del grifo imposible, así que la acerqué hasta la ducha para regarla en plan manual.
Agarro el teléfono ese extraño y abro el grifo.
Fisssss…
¡Uah! Un frío intenso me recorre el cuerpo y una serpiente enloquecida empieza a volar por mi baño.
¡No es una serpiente! Tengo el dichoso teléfono en la mano y el tubo del agua como el gusano loco de las atracciones en pleno ataque epiléptico.
¡Aghhhh! quiero cerrar el grifo y el gusano se viene contra mi empapándome. Tropiezo con la maceta y noto que la tierra se desparrama sobre mis bailarinas (mierda, mierda, me están entrando piedrecitas). Quiero limpiarme el pie, pero la ducha sigue echando agua y se está haciendo barro (mierda, grsfighhl…). Al fin, alcanzo el grifo y el ruido para.
El ruido para y empieza el frío.
Veo las raíces de la hortensia y mis pies llenos de barro entre los trozos de la maceta.
Me alegro de vivir sola porque la blusa está empapada y se me transparentan hasta las ideas (que en esos momentos pasan porque venga la muerte piadosa y se me lleve). El pelo se me ha quedado pegado en churretones a la cara, como cuando el mastín de mi madre decidió meterse a mi gato en la boca, y no lo masticó pero lo escupió todo chupado.
Lloro un poquito de pura rabia.
A ver ahora quién me arregla el grifo.

P.D Hortensia busca hogar. No necesita grandes cuidados y en primavera saca ella sola unas flores fucsias muy bonitas.
Si alguien sabe de algún balcón en donde pueda ser feliz que avise, porque en el mío le aguarda una muerte segura.
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Febrero 8, 2010
Mala como la tiña. Así soy.
Me voy a ir al infierno derechita, y aunque soy muy de vivir en sitios cálidos, lo que me fastidiaría es que la gente que conozco se vaya al cielo, y a mi me hagan el feo de pararme en la puerta. Eso no.
El Bellísimo se está poniendo bastante plasta y me da tanta rabia encontrármelo que me encantaría tener superpoderes para fulminarlo con un par de rayos, zas, zas, como en la serie de los Aurones.
No creo que sea amor ni nada, sino obsesión y puritito orgullo, que la criatura no está acostumbrada y parece que no asume. Hace ya más de un mes desde que tuve que recurrir a los grandes clásicos de la humanidad: “No eres tú, soy yo”, “eres demasiado bueno para mí” y “prefiero tenerte como amigo”.
Yo no miento, eso lo saben los monos del Amazonas, pero a veces la verdad es innecesariamente cruel… y esas frases a mí no me parecen mentiras, sino códigos comunes pre-programados para que el receptor lo traduzca como: “me agobias tanto que cada vez que te veo me da un bajón de glamour que se me caen los pendientes y me entran peores náuseas que las de una resaca de pacharán”. Así lo veo yo.
“No eres tú, soy yo”, en ningún caso se debe de interpretar como: insísteme mogollón hasta que me entren ganas de arrancarme las venas con el corta-uñas.
En este tiempo el Bellísimo ha recurrido desde a los mensajitos de móvil venenosos, hasta a llamar a alguna de mis amigas, pasando por el eterno clásico del “seamos amigos”, tontear con doscientas fulanillas delante de mi, y arrastrarse hasta hacerse sangre. Un amplio abanico de técnicas que han hecho que le coja más manía que a Pe, que hasta los monos del Congo Belga saben que es el ser que más me saca de mis casillas de todo el planeta.
Desde el uno de enero lleva reproduciendo el mismo esquema de un modo tan cansino que tengo la sensación de estar atrapada en un bucle espacio-temporal como en las pelis de ciencia-ficción. Entre semana me llamaba para decirme que teníamos que hacer las paces y sacar la lista de reproches, pero el sábado, como no le hago ni caso, recurría al recurso cutre de ponerse a tontear con tripicientas tipas estratégicamente situado dentro de mi campo de visión. Como no funcionaba, invariablemente me enviaba algún mensajito cargado de odio… y, como soy de mecha corta, pico. Me enciendo, y le respondo, y, si me llama… se arma la marimorena. Entro en combustión y salen de mi boca rayos y centellas… y vuelta a empezar.
Lo de que llamase a mis amigas por teléfono agotó mi escasa paciencia. Quise contratar a una banda de malhechores para que le diesen una paliza, pero como no tengo muchos contactos en el hampa y esas empresas no aparecen en las páginas amarillas, al final opté por ignorarlo, que es lo que tendría que haber hecho desde el principio.
No respondí a sus mensajes ni le cogí el teléfono. Cuando el sábado pasado se acercó para hablarme me escabullí como una anguila y utilicé a Protocolo Venezuela como escudo protector.
Esta semana otra vez lo mismo y el sábado, al fin, funcionó. Vino a saludarme y yo fingí no verlo. Lo intentó de nuevo y conseguí escaquearme… hasta que al fin desistió.
Ni me envió sms rencorosos, ni insistió en los acercamientos… regresó hasta donde lo esperaba su fan ansiosa… y se fue con ella.
Supongo que debería de haber sentido más alivio que la Campos cuando se suelta la faja… pero reconozco que la Alexis Carrington que hay en mí hizo que, por un segundo, estuviese tentada de ir a buscarlo.
Hace años que tuve que darle la razón a Melocotón de Agua Salada, que estaba todo cabreado porque la chica a la que llevaba años (sí, años) ignorando se había puesto a salir con otro. Nosotros, que la chica nos caía bien, no entendíamos por qué, si no quería nada con ella, estaba tan resentido. Fue entonces cuando Melocotón de Agua Salada expuso la gran verdad: en el fondo más oscuro de nuestra alma deseamos ser tan especiales que nadie sea capaz de olvidarnos nunca jamás en la vida. Es un sentimiento mezquino y egoísta, lo sé, pero tengo que darle la razón.
No sé qué es lo que hizo que me saltara ese resorte maléfico, puede que el hecho de que la fan en cuestión sea una tipa que conozco y que siempre anda comiendo mis migas. Puede que sea tan mala que tendría que enviar mi currículum a Mordor… pero tener la certeza de que si me acercaba a él la dejaría a ella en ridículo hizo que, por un segundo, me poseyese Linda Fiorentino en plan “La última seducción” y quisiese barrer las migas del mantel para tirarlas al suelo delante de la hambrienta desesperada.
Me cae mal esa tía, y no es por el hecho de que ignore que las cejas pobladas sólo le quedan bien a Brooke Shields en El Lago Azul y que, en general, no tienen sentido después de la revolución industrial… Me cae mal porque, a pesar de que (salvo la cuestión de la pelambre que le adorna la mirada) no es fea y me consta que es lista… tiene un permanente gesto de amargura que me dan ganas de ayudarle a acabar con el sufrimiento que parece que es su vida.
La gente malencarada me exaspera, ésa es la verdad, y por una fracción de segundo estuve tentada de darle motivos para añadir otra arruga a su código de barras… pero no lo hice.
No sé si fue la imagen de todos mis amigos subidos a una nube en el cielo, y yo sudorosa en el infierno la que me hizo reprimirme o si, simplemente, temí volver a entrar en el bucle del Bellísimo rompiéndome la cabeza… Cerré los ojos y pensé en lo suave que tiene el pelo el Hombre Tranquilo, que además huele como a bebé limpito. Así, me calmé y me pedí un bacardilimonconcola para celebrar la paz.
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Febrero 4, 2010
Yo ya no sé qué más puedo hacer para que la gente se apiade de mi y no me cuente historias truculentas sobre partos. He llegado a pensar que formo parte involuntaria de alguna investigación científica para averiguar los límites del miedo y la angustia enloquecida. Vamos, en plan conejillo de indias al que le meten el acojone en el cuerpecillo.
La semana pasada Shreck andaba un poco disperso porque su hermana estaba malita. A la hermana en cuestión yo no la conozco, pero he hablado un par de veces con ella por teléfono y me cae bien, así que esta historia que ya es triste de por sí me da más pena que Marco buscando a su madre por el mundo adelante. La cosa es que la hermana de Shreck hace dos años se quedó embarazada (de su marido, se entiende, que allí de donde son ellos las cosas se hacen como toca) y lo normal: que si comprarle los vestidillos, preparar una habitación, qué nombre le ponemos y ¡ay, qué ilu las pataditas!… 3 días antes de salir de cuentas (de lo que se deduce que la pobre mujer estaba ya en plan reventón, con los pies hinchados de querer morirse y todo dolorido…) pasa nosequé y el bebé se muere.
Ni que decir tiene que que se queme el Amazonas enterito no me pone ni cuarto de mitad de triste que esto, que me parece el colmo del dolor inhumano y la injusticia más despiadada. Porque, por lo visto, no le quedó a la pobre otra que dar a luz igual… así que yo no puedo imaginar qué cosa horrible ha de ser eso.
Bueno, puedo, pero se me caen los lagrimones encima del teclado y lo pongo todo perdidito.
La buena noticia es que la valiente mujer va y lo intenta de nuevo. A mi tendrían que drogarme un año entero y pegarme con un palo en la cabeza para volver a pasar por algo así. Ni ropita le compró al nuevo proyecto, para no hacerse demasiadas ilusiones, que luego se llora más. La cosa es que, por fin, nace la criatura después de un parto horrendo de miles de horas, que si no hubiese estado atareada con el esfuerzo podría haberse leído Los Pilares de la Tierra en ese tiempo.
Todo pintaba bien, salvo que la pobre mujer estaba como si le hubiese pasado un tren por encima y luego marcha atrás, y por eso tuvieron que dejarla ingresada una semana. De pronto, una noche, el bebé deja de respirar y se arma la marimorena. Como hubo suerte, y estaba ya en el hospital con su esforzada madre, los señores de las batas blancas llegaron a tiempo y lo metieron en una de esas naves espaciales para curar bebeses.
La pobre madre ahora está más asustada que un mono del Amazonas al que le agitan el árbol en el que vive pacíficamente, y, claro, no quiere irse para casa.
Pues ya estaba yo medio sensible con el tema, meditando sobre los sufrimientos de ser mujer y, voy, y me topo con mi Difunto.
Cuando una se ha pasado tanto tiempo enamoriscada de alguien, aprende a detectar sus estados de ánimo como los animalillos huelen el miedo.
Aparentemente estaba normal: rodeado de gente, con su mítica copa de balón en la mano, bufanda al cuello a pesar de que en esos locales hace más calor que en Kenia… pero estaba triste.
Yo no lo puedo remediar, quiero a mi Difunto casi tanto como a mi gato… y eso es mucho, así que fui a hablar con él a pesar de los intentos de Sargento Tous por evitarlo, que sólo le faltó amarrarme con un candado a las escaleras como si fuese una bicicleta.
Mi adorado Difunto estaba más pachucho que las azaleas que intentan sobrevivir por sus propios medios en mi balcón. No sólo estaba triste, estaba preocupado porque su hermana la SuperMujer estaba muy malita.
Hay que explicar que mi Difunto es un claro ejemplo de cómo la herencia genética es caprichosa, y a veces un poco cabrona. Todos los hermanos de mi Difunto son listos y exitosos (como él, vamos, hasta ahí todo normal)… pero es que resulta que él, aunque yo lo encuentre irresistible, es feo… y sus hermanos guapos.
Le tengo una envidia insana a SuperMujer, así, sin tapujos. Es una tipa lista, que forma parte del equipo directivo del Laboratorio Europeo de Física de Partículas.
Yo es que no tengo gafas (señal de que no he estudiado tanto), y encima soy de letras, así que eso del LHC, que al parecer es una máquina carísima que reproduce las condiciones en las que estaba el universo a menos de mil millonésimas de segundo después del Big Bang, se me antoja ciencia ficción. Hasta los monos del Amazonas saben que unas planchas de cerámica para mí son tecnología punta… así que yo admiro mucho a esta hermana del Difunto que ha sido capaz de colarse entre los listos más listos del planeta, y encima sin llevar gafas.
SuperMujer vive en Ginebra, tiene un marido holandés que también es científico, una casa en una de las zonas más exclusivas de los Alpes (a mi no me gusta esquiar, pero sí comer chocolate delante de la chimenea), una hija que habla 5 idiomas, y, encima, es guapa y casi tan ingeniosa como el orondo objeto de mis amores.
Nunca he admirado a ningún actor, ni modelo (a algunos famosos no les tengo ni respeto, ¡para qué engañarnos!) pero sí a la gente que es capaz de hacer cosas buenas por la humanidad… y no me refiero precisamente a la Teresa de Calcuta ni a quien dedica su vida a decirle a los demás cómo han de vivir la suya.
Yo no sabré usar muy bien mi teléfono móvil, pero aunque pago unas facturas terroríficas, agradezco que alguien se haya tomado la molestia de inventárselo (estoy esperando por mi aeronave y mi secador de cuerpo, por si alguien muy listo lee esto).
La SuperMujer también acaba de tener otro bebé, y la cosa se complicó bastante. Al habitual rosario de torturas y sufrimientos varios, se le sumaron otros follones y la pobre acabó desangrándose en plan Brave Heart. Como no estamos en la Edad Media y los Suizos no son muy amigos de que algo altere sus planes, le hicieron una transfusión y la estabilizaron dentro de lo posible.
El caso es que la madre de SuperMujer, por muy súper heroína que sea su hija, es una típica madre española, y sin hablar francés, alemán, ni otra cosa que no sea castellano y el universal lenguaje de una progenitora defendiendo a sus crías, cogió a su marido y se plantó en Ginebra.
Hay ocasiones en que la buena voluntad no es suficiente, y uno puede acabar montando más lío que el que ya hay. En mi casa ocurre lo mismo: las escasas veces que mi madre ha estado enferma, el problema no era ella (que es sufrida y fuerte como un Tank de Cartier), sino que había que montar un comando especial para apaciguar a Viejo Pachanga, que se pone nervioso y lo embarulla todo.
Difunto estaba realmente preocupado por su hermana desangrada:
- El problema es que ella es como tú- me dijo circunspecto- una mujer práctica que no ve nada de romanticismo en eso del embarazo, y preferiría que los niños viniesen en frascos.
Yo aquí tuve que darle la razón, porque además de la aeronave y del secador de cuerpo, siempre quise que los bebeses se pudiesen adquirir en unos botes de cristal, para poder ver cómo son de grandes y eso. Total, ya luego se les coge cariño y no creo que haya que llevarlos nueve meses dentro de la tripa para quererles.
- Además, odia estar enferma- ¡Hay que ver lo que nos parecemos!… bueno, yo sin ser científica ni nada de eso – Y mis padres no están siendo de mucha ayuda porque no hablan el idioma, ni nada… Tendría que haber ido yo y obligarles a quedarse.
Yo ya sé que tengo debilidad por mi Difunto, pero es que verlo así me pone más blanda que un muffin recién horneado. Le di un abrazo, pero apretando poco que no es bueno para la salud de mi corazón, que es tontito… y me fui.
Me divertí un rato con mis amigas, que, como me conocen, no me dejan hablar ni pensar en cosas de Poltergeist, y me retiré tempranito.
El domingo dormí como un lirón calentito en la madriguera. No había partido, ni nada urgente que hacer salvo disfrutar de uno de esos días de dolce far niente. Dormí como una princesa, pero me levanté pensando en la SuperMujer y en la Hermana de Shreck. En cómo dos mujeres tan distintas padecían un sufrimiento similar (la hermana de Shreck gana, eso es verdad) en la misma semana, y cómo a pesar de que se pueden reproducir en el laboratorio las condiciones del universo en el momento del Big Bang… eso sigue siendo un martirio peor que el de San Lorenzo en su parrilla.
Suelo levantarme de muy buen humor, y más si es domingo y he dormido hasta mediodía, así que hasta Gran Torino, que no es muy de fijarse en las cosas, se dio cuenta de que estaba pensativa.
Le conté mi conversación con el Difunto, el susto que habían pasado con su hermana en le matadero de la maternidad, y le conté lo del bebé malito de la Hermana de Shreck.
Le hablé sobre los casos que me aterrorizaban en los que no había llegado a tiempo la epidural, y eso de que te rajan como si fueses una sandía… le dije que no podía imaginar lo que debía de ser tener que pasar por eso después de que el primero de los cachorros te nace muerto… Hablé y hablé mientras él me miraba atento.
De pronto, Gran Torino se incorpora y me dice muy serio:
- Habrá que comer algo ¿no?- hace una pausa para meditar y añade- Podemos hacer los ravioli rellenos de chocolate que compré el otro día.
Yo, que por mucho que lo trato no acabo de comprender al Gran Torino, ignoro si la cosa de los fetos es lo que le generó el apetito, aunque prefiero pensar que, sencillamente, no me hace ni caso cuando hablo.
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